Probablemente el fondo del asunto esté en un aspecto que nadie quiere reconocer y es que el conflicto mapuche interpela la idea misma de Estado nacional vigente en Chile, cuyos cánones tradicionales se anclan en la convicción de que nuestro Estado es también una sociedad homogénea culturalmente. Ello, que es parte del inconsciente colectivo nacional y que, aparentemente, ningún dirigente polÃtico estarÃa dispuesto a poner en duda, serÃa en realidad el principal obstáculo para encontrar una solución.
En opinión de muchos expertos, si se aceptara la apertura de la discusión sobre autonomÃas -lo que es posible luego que las reformas del año 2005 a la Constitución flexibilizaran el concepto de desarrollo regional- el Estado recuperarÃa el control del orden público y abrirÃa una puerta a una solución definitiva.
No resulta extraño, además, que por este especial punto, los mapuche vean al Estado chileno como el principal problema. Su concepción de la vida y la sociabilidad polÃtica se alejan bastante del paradigma liberal que gobierna nuestro desarrollo, y una multiplicidad de problemas podrÃan solucionarse de manera más simple en el estatuto de la comunidad antes que en el del mercado.
En su gran mayorÃa pertenecen a la franja más pobre de la sociedad, y aunque se les considere un problema rural, están hoy distribuidos por igual en campo y ciudad debido a las migraciones que causa la pobreza. Ella los vuelca en primer lugar a la subsistencia, pero con el agravante de la marginalidad proveniente de su diferenciación cultural, que les impide, además, usar de manera más efectiva los instrumentos de desarrollo.
Sus nociones de espacio, tiempo y relación con la naturaleza, asà como sus elementos de sociabilidad familiar, de comunidad étnica y con terceros los hace territoriales y fragmentarios, lo que explica tanto su nombre (mapuche significa gente de la tierra) como su rechazo práctico a la institución de la representación colectiva, el reconocimiento de jefes permanentes, caudillos o gobernantes. Sus formas polÃticas están más cerca de la democracia directa que de la representativa, eligen voceros y exhiben un fuerte componente de respeto por la voluntad individual. Para el pueblo mapuche es casi una aberración someter la minorÃa a los dictados de la mayorÃa. Todo ello dificulta los acuerdos con el Estado.
Tal microvisión polÃtica se opone marcadamente al concepto del Estado nacional homogéneo, consolidado como doctrina de Estado en Chile a fines del siglo XIX. Ellos lo perciben como un intento de asimilarlos, descartando su identidad étnica nacional particular, con todas las dimensiones culturales y polÃticas, especialmente la tierra y el territorio, que lleva adscritas.
¿En qué momento o bajo cuáles circunstancias un Estado puede o debe reconocerse como una sociedad plurinacional? Es posible que la respuesta venga de la mano del proceso de globalización, en el cual los mapuche han encontrado un espacio ideal para que se reconozca una negación de sus derechos y puesto en jaque al Estado chileno.
Según Rodolfo Stavenhagen, quien fuera relator de la ONU para asuntos indÃgenas "los derechos grupales o colectivos deberán ser considerados como derechos humanos en la medida en que su reconocimiento y ejercicio promueve a la vez los derechos individuales de sus miembros".
La necesidad de constitucionalizar la autonomÃa indÃgena y reconocer la existencia de otros "pueblos" en el seno del pueblo chileno parece inevitable para muchos. Chile, en sus 200 años de vida independiente, no ha manifestado nunca la voluntad de efectuar ese reconocimiento que, en opinión de sectores nacionalistas, implicarÃa una reducción y fragmentación irremediable de la nación chilena.
Para muchos otros, si no se observa una conducta realista en esta materia es posible que en un futuro indeterminado debamos experimentar manifestaciones imprevistas de violencia en cualquier parte del paÃs y que nadie desea que ocurran.
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